Isa era una niña inquieta y decidida, de grandes ojos marrones y amplia sonrisa. Vivía en la ciudad, pero cuando no tenía cole solía ir a casa de sus abuelos, en el campo. En el huerto recogía fresas, pimientos o tomates. Le parecía increíble que aquello que veía en el supermercado empaquetado saliera de esas plantas. Isa aprendía mucho en el campo y luego, cuando volvía al cole, se lo contaba a sus compañeros. A sus papás les parecía importante que viera cómo crecen las bellotas en los árboles, que la leche sale de las ubres de las cabras, vacas y ovejas, y no de los tetrabricks del súper.
A Isa le gustaba andorrear por ahí, a su aire. Junto a sus hermanos mayores iban a ver si las gallinas habían puesto huevos o si la cerda había parido. En un cercado tenían un ciervo que habían recogido junto al camino del monte con una pata rota. Isa lo llamó José Luis. Cada vez que iba a casa de los abuelos corría a ver cuánto le habían crecido los cuernos a José Luis, porque le crecían muy deprisa. ¡Un día vio que se le habían caído!
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