Ella Frances Sanders, Libros del zorro rojo, 112 pp.
Sabemos que la traducción, esa especie de salvoconducto lingüístico que nos permite atravesar sin demasiados problemas fronteras mentales y puestos de aduana culturales, no solo puede ser traidora, es francamente limitada. Menos mal. Así nos disponemos a aprender otros idiomas para movernos por esos espacios diversos, más o menos lejanos, más o menos interesantes para nuestros negocios, nuestras ganas de descubrir otras gentes, la necesidad apremiante de aprobar una oposición o tener otro título en el CV…, pero no, no solo por eso.
Aprendemos para aprehender, hasta que un día descubrimos, finalmente y casi con alivio, que ya está bien, que no todo tiene por qué pertenecernos, y nos situamos con curiosidad y valentía en la vereda del bosque de lo ajeno, de lo extraño, dispuestos a perdernos en él, a descubrirlo con la mirada de los que nada tienen que perder. Disfrutando.
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