A veces me pregunto si la Palabra de vida, que leo con detenimiento, solo me hace el efecto de un reconfortante bálsamo espiritual o además «impregna mi vida cotidiana», como propone la introducción que aparece en la revista. Confieso que es una exigencia de honestidad conmigo mismo. Quizás un psicólogo lo calificaría de autocomplacencia, pero a mí me da igual, mientras pueda constatar que el Evangelio me aporta pautas para los «afanes de cada día».
Repaso los acontecimientos de mi poco ajetreada vida y trato de verificar en ellos algunas pinceladas de Palabra vivida. Y me viene a la mente ese «quédate con nosotros, porque atardece» del mes de abril, con la indicación de «encontrar a Alguien que nos entienda hasta el fondo y nos ilumine el camino de la vida». Me pregunto: ¿Hay trazos en mi historia personal que ilustre esto?
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