Sería como para morirse si no te mirásemos a ti, mi Amor, que transformas como por encanto toda amargura en dulzura […]
Para que tuviésemos la Luz te hiciste ciego. Para que tuviésemos la unión te sentiste separado del Padre. Para que poseyésemos la Sabiduría te hiciste «ignorancia». Para que nos revistiésemos de inocencia te hiciste «pecado». Para que tuviésemos esperanza casi te desesperaste… Para que Dios estuviese en nosotros, lo sentiste lejos de ti. Para que fuese nuestro el Cielo sentiste el Infierno. Para darnos una estancia alegre en la tierra, en medio de cien hermanos y más, fuiste expulsado del Cielo y de la tierra, de los hombres y de la naturaleza. Eres Dios, eres mi Dios, nuestro Dios de amor infinito.
(Verano de 1950)
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