Hace catorce años llegamos de Argentina llenos de esperanza y con la firme convicción de que podíamos darlo todo en esta aventura. Aunque entre tormentas y tempestades, nos sentíamos unidos y fuertes. Pensábamos que podíamos afrontar cualquier desafío, incluso quitarle casi por completo tiempo a la pareja y a la familia.
Montamos un negocio que duró cuatro años. Al cerrarlo nos quedaron deudas. Por eso mi esposo asumió dos trabajos a tiempo completo para afrontar las deudas y poder mantenernos. Yo me quedé al cuidado de nuestras dos hijas. Fue un tiempo de sequía y soledad. Empezamos a acumular pobreza individual; éramos seres solitarios que solo compartían un mismo lugar.
La primera vez que acudí al grupo de Palabra de vida recuperé la dignidad cuando una persona me dijo que si alguien tenía una queja contra mí, es que yo había fallado en el amor. Aunque salí molesta, me ayudó a dejar el papel de víctima y empezar a ser responsable de la situación buscando caminos de encuentro.
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