Las últimas Navidades tuve la suerte de experimentar el mayor acercamiento de mi vida a los que Jesús llamaba sus «favoritos», los últimos. Ocurrió en un campo de trabajo que realiza la diócesis de Bilbao en penitenciarías, donde un grupo de jóvenes realizamos varias actividades durante cuatro días, pasando la mañana en la cárcel con los presos, comiendo con ellos o haciendo meditación.
Al principio fue duro. Mi objetivo era «llevar el amor» a aquellos que más lo necesitan, pero para alcanzarlo tuve antes que entender cómo concretarlo. Llevar el amor a los presos significa ser paciente, manteniendo una escucha atenta y discreta que aporte luz y que genere dignidad. Significa dejar de lado los prejuicios de nuestra sociedad, que premia al exitoso y castiga al perdedor, y propiciar una cultura de la ternura, como dice el Papa, que no juzga, que no es cotilla, que ve en el que está enfrente a un hermano, sean cuales sean sus faltas.
Una vez que entendí esto, pude disfrutar durante cuatro días de unos «hermanos» a los que nunca olvidaré. Unos hermanos que a pesar del ambiente depresivo y melancólico, distante y frío –más aún en esas fechas– de la cárcel, están dispuestos a enseñarte, contarte y ofrecerte lo que en ese momento tienen y son, y que muestran su agradecimiento por cada gesto que tienes con ellos, por pequeños que sean.
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