Menos mal que cuando nuestros bolsillos piden socorro y el aliento de los vendedores recobra su ritmo normal tras la Navidad, comienzan las rebajas. Tres, dos, uno… ¡al ataque! Lo primero es tenerlo; luego ya veré si lo necesito. Muestra de ello son los carteles de los probadores que, conociendo tu impaciencia, te dan la opción de probarte en casa los artículos y, si no te convencen, devolverlos.
La influencia de la publicidad y el aumento del materialismo como un indicador de éxito social («Soy más cuanto más tengo») están incrementando el número de pacientes con trastorno de compra compulsiva, explica Susana Jiménez Murcia, responsable de la Unidad de Juego Patológico del Hospital Universitario de Bellvitge (Hospitalet de Llobregat, Barcelona). Según la doctora, alrededor de un 6% de la población sufre el síndrome de compra compulsiva, que está ligado a «estados emocionales negativos, vinculados a trastornos de depresión, estrés y ansiedad», y que en los jóvenes y adolescentes ha subido ¡hasta el 30%!
Estos datos no parecen una exageración si leemos el último informe de Deloitte, que indicaba en noviembre de 2016 que las últimas Navidades el español gastaría una media de 682 euros, es decir, un 4% más que el año pasado. Además, este materialismo salvaje se ha visto incrementado con la aparición de las compras por Internet.
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