Érase una vez una bonita granja en medio de la llanura. Vivía allí un granjero y su familia. Sus hijos, Susi y Tobías, le ayudaban a recoger los huevos de las gallinas, a ordeñar las cabras y a dar de comer al ganado. Y cada uno tenía su animal favorito. El de Susi era un blanquísimo conejito y el de Tobías un pequeño cerdito que lo seguía a todas partes.
Todos estaban encantados, pero el cerdito tenía un poco de morro, y como era tan tan mono, todo podía perdonársele. Dejaba todo revuelto a su paso. Le tenía sin cuidado si derramaba algo y le daba igual dónde refrescarse, ya fuera en el agua limpia del arroyo, en un charco de barro o en un reguerito de pis. Cuando comía, no se limpiaba el morro, y si lo hacía, era con el dorso de su patita.
Al cabo de un tiempo se dio cuenta de que la actitud de los demás había cambiado. Una vez escuchó a mamá pata decirle a sus patitos que no se acercaran mucho a él porque podían mancharse. La madre de Tobías se había negado en rotundo a dejarle pasar dentro de casa. ¡Con lo que al cerdito le gustaba rodar por la alfombra! Otro día notó cómo la señora ratona contuvo la respiración al pasar a su lado, pero el cerdito pensó que alguien se habría tirado un pedete. Y así llegó el día en que solo le acompañaban las moscas. Ellas, claro está, estaban encantadas y le decían con deliciosa admiración: ¡Mira que eres cochinón!
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