Hoy el mundo presenta tales desigualdades que nadie puede aceptarlas. Lo absurdo de la situación no deriva tanto del aspecto moral, ético o religioso, cuanto de motivos muy humanos. Es cuestión de inteligencia, pues las condiciones de desequilibrio revierten en el mismo ser humano. Por eso hay que evitar que el hombre se hiera con su propia azada y procurar que dé lo mejor de sí, que también es lo más verdadero y lo más bello.
Ser social
La persona es un ser social y no puede vivir sin el otro. Incluso los anacoretas y monjas de clausura, que optan por una vida retirada, lo hacen atraídos por una profunda relación con Alguien, o sea, Dios. La esencia del ser humano, pues, no es el individuo, sino la «persona» en cuanto criatura que dialoga y se relaciona con otros, que a su vez la constituyen.
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