En Suiza, la clase de religión es para muchos alumnos la única ocasión para oír hablar de Dios y de la Iglesia. Para mí supone una posibilidad de crecer, más en vida que en nociones.
Un día Marta, notando que el mensaje cristiano es bastante exigente, comenta: «Pues entonces es mejor ser ateo». Quería decir que así podía justificar cualquier comportamiento. Entonces pregunté a toda la clase: «¿Alguien quiere responderle?». Un alumno levanta la mano: «A mí no me han bautizado –dice–, pero cuando hago algo que no está bien, me siento mal y entonces hablo con Dios». Es verdad que no se explicó como un teólogo, pero Marta quedó satisfecha con la observación y no tuve que añadir nada.