Con el Edicto de Tesalónica (año 380), el Imperio Romano reconoció el cristianismo como religión oficial. A partir de entonces, los mártires eran recordados con nostalgia. En clara contraposición con los que ponían su confianza en el poder político, el «mártir» era aquel que había vencido al maligno y había salvado la Iglesia.
De ahí, por ejemplo, la difusión en el oriente cristiano de la devoción a san Jorge. Hoy desconocemos cualquier dato sobre su vida, pero también entonces era secundario, pues lo importante era resaltar su «martirio», asociado a todo tipo de tormentos. Y así san Jorge, «el mártir» por excelencia, está presente en todos los templos del oriente cristiano y es venerado como el verdadero modelo del cristiano.
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