Cuando me enteré de que iba a ser papá sentí una mezcla de asombro, miedo y alegría. Pensé: «¡Voy a ser papá!». Junto a Mirella, mi esposa, presencié como una cosita de 7 milímetros iba creciendo, oímos sus primeros latidos, disfrutamos de sus primeras pataditas y de cómo respondía cuando le hablábamos. Son cosas que siempre recordaré con mucho cariño. Pero nada comparado con el momento en el que puedes coger a esa partecita de ti en tus brazos.
Cuando la vi, entendí lo mucho que me amaban mis padres y con qué ojos me veían. Abracé a Mirella y le dije lo hermosa que era nuestra hija y lo feliz y agradecido que me sentía por esta tremenda bendición. Un hijo no es un motivo para el fracaso de los padres. ¡Al contrario! Lo veo como un acelerador de bendiciones y crecimiento personal, ya que a partir de ahora no solo vemos por nosotros, también por nuestro hijo, y para él queremos lo mejor.
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