Aún no existía el primer focolar; yo aún no conocía a la primera de mis compañeras. Daba clase. Un día se me acerca una persona muy comprometida. Tenía un grupo de jóvenes a los que había conseguido atraer a la religión con encuentros recreativos, música e historias alegres. Me pregunta si yo puedo hablarles. Respondí afirmativamente.
«Pero ¿de qué hablará?», me pregunta. «Del amor», digo. «Y ¿qué es el amor?», prosigue él con curiosidad. «Jesús crucificado», respondo. Esta fue, quizá, la primera vez que, en mi vida de futura focolarina, hablé de Él.
En aquella época, ni siquiera en ambientes notoriamente fieles a la religión como aquel del que proveníamos todas nosotras era normal oír hablar de amor. Y menos aún creer que el Crucificado, que atrae a todos hacia sí, fuese un arma válida para el apostolado en este siglo. Pero –lo confieso– a día de hoy no sé quién me puso en los labios aquella definición del amor. Más tarde lo comprendí: Jesús crucificado –lo dice también san Pablo– «se entregó por nosotros» (Ef 5, 2), «se entregó por mí» (Ga 2, 20).
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