La inculturación es una herramienta eficaz para incorporar la cultura de los pueblos a la vida de la Iglesia, entendida no como un proceso en una sola dirección, sino interactivo.
El término inculturación lo introdujo por primera vez en los documentos pontificios Juan Pablo II, en la exhortación apostólica sobre la catequesis (Catechesi tradendae) de octubre de 1979. En marzo de 1988, en su discurso a los obispos durante su segunda visita a Nigeria, el papa polaco los animó a hacer todo lo posible «para que vuestro pueblo se sienta cada vez más en casa dentro de la Iglesia, y la Iglesia se sienta cada vez más en casa en vuestro pueblo».
La primera asamblea del sínodo de los obispos de África (1994) consideró la inculturación como una prioridad urgente en la vida de las iglesias locales, a fin de que el Evangelio eche raíces en este continente. Al concluir aquel sínodo se afirmó que la inculturación implica «la íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante la integración en el cristianismo», y también el «arraigo del cristianismo en las distintas culturas humanas».
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