Un día nos preguntamos cuál habría sido el dolor más grande de Jesús en la cruz, y nos pareció que el grito que lanzó después de tres horas de agonía: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué también tú me has abandonado?» había sido como el canto del cisne del Hombre-Dios, que muere derramándose completamente a los hermanos.
Lo había dado todo: una vida de treinta años junto a su madre en medio de las necesidades, en la obediencia y la dedicación. Tres años de predicación y todo tipo de obras buenas: milagros de Luz y de Amor. Tres horas de cruz, desde la cual da el perdón a sus verdugos, el Paraíso al ladrón, su Madre a nosotros, y su Cuerpo y su Sangre, después de habérnoslos dado místicamente en la Eucaristía. No le quedaba más que la Divinidad. (…)
Leer más