El segundo día de la JMJ el obispo de Zaragoza lamentó en una catequesis que hoy en día los jóvenes no hicieran caso a la llamada al sacerdocio. En ese momento sentí algo muy fuerte y difícil de explicar: mi corazón latía rápido y no podía pensar con claridad. Nervioso, pedí a Dios que me diera más señales.
Esa misma tarde, haciendo el tonto, me subí encima de mi amigo Juan Carlos con tan mala suerte que nos caímos y me golpeé la cabeza con un bordillo. Aunque no tenía nada grave, me mandaron al hospital por precaución. Allí me encontré con unos italianos que se preocuparon por mi estado. Cuando nos despedimos, uno de ellos me dijo algo tan extraño como espontáneo: «Te voy a dar un consejo. No estés solo pendiente de las chicas, sino de lo que te pide Dios». Por segunda vez en ese día me quedé sin palabras.
Al día siguiente fuimos a visitar la tumba de Santa Faustina. El santuario estaba atestado de peregrinos, y de pronto el tumulto calló y solo se oyó una voz anónima, potente, grave, pero a la vez suave, que dijo: «Si Jesús te ha hablado, no tiene por qué no darte el don de recordártelo». Más tarde, paseando por el centro de Cracovia, me dieron un libro. Lo abrí por una página al azar: hablaba sobre la consagración al sacerdocio. Me quedé impresionado porque sentí haber recibido cuatro llamadas distintas en apenas dos días. Días después, inspirado por la historia de la beata Chiara Luce Badano, decidí dar mi propio sí a Dios.
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