Quien entra en el camino de la unidad no sube un monte con esfuerzo, sino que, con una violencia inicial y total que comporta la muerte total del yo, la aniquilación, por amor, de toda su humanidad en Dios (y solo la aniquilación es amor), se coloca en la cima de la montaña, más arriba de la cual no se puede llegar y donde se encuentra el reposo («Venid a mí todos… y yo os aliviaré» [Mt 11, 28]), y empieza a caminar por la cresta de la montaña hasta Dios.
Quien vive la unidad, vive como hijo de Dios ya desde el principio. Es perfecto como el Padre desde el principio, como el Niño Jesús era perfecto aunque fuese un niño. Y su crecimiento estaba en su manifestación, lo mismo que un árbol no es más perfecto que su semilla (ya la semilla contiene el árbol), pero en el árbol el contenido es más patente.
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