Quizás la última edición de la Jornada Mundial de la Juventud, celebrada en Cracovia (Polonia) del 26 al 31 de julio pasado, quede en los anales por cierta inquietud de cambio, por cierta conciencia de que la respuesta a la violencia y el odio pasa por fomentar la fe. Después de todo, ¿qué son estas jornadas sino la respuesta a un mundo que le da la espalda a Dios?
El papa Francisco pidió a los jóvenes que dejasen «una huella en la historia». «No nos pondremos a gritar contra nadie –siguió exhortando–, no nos pondremos a pelear, no queremos destruir. No queremos vencer el odio con más odio, ni vencer la violencia con más violencia, ni el terror con más terror. Nuestra respuesta a este mundo en guerra tiene un nombre: se llama fraternidad, se llama hermandad, se llama comunión, se llama familia. Festejamos el hecho de que venimos de culturas distintas y nos unimos para orar».
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