En 2012 Jennifer Doudna, investigadora de la Universidad de California en Berkeley, empezó a dormir mal. Ella y sus colegas habían descubierto el mecanismo por el que las células reparan su patrimonio genético cuando se daña. El proceso, denominado Crispr, es tan simple y preciso, si bien cabe algún error, que cualquier investigador con conocimientos básicos de biología puede reproducirlo en el laboratorio.
El Crispr no solo permite reparar sino también modificar el código genético, alterando permanentemente la célula de una planta, un animal o un ser humano. Con una rapidez de vértigo, laboratorios de todo el mundo se han apoderado de la técnica y hacen experimentos modificando este o aquel genoma. El primero que llegue obtendrá la patente, el dinero y la fama.
Leer más