No sabía qué me iba a encontrar ni si me iba a gustar, pero fui y me encontré con un grupo que, pudiendo haber hecho mil planes, se plantaron en una casa donde viven personas con las más diversas historias. Personas que, sin ningún tipo de prejuicio, nos abrieron la puerta de su corazón y nos dieron una lección de humildad, agradecimiento infinito y, sobre todo, mucho cariño. Cada una de sus sonrisas recompensaban mil veces nuestra pequeña tarea de darles de comer, acompañarlos a dar un paseo, sacarlos a bailar o simplemente estar sentados a su lado. A veces no hacía falta ni hablar con ellos, porque estar ahí, tomándoles de la mano, ya era suficiente.
Qué gran lección la de aprender a ser feliz con tan poco, como un niño, porque en parte eran eso, niños muy grandes que sólo buscaban un poco de cariño, dispuestos a devolvernos el favor con creces. Lo que más me impactó fue ver a todos esos voluntarios dispuestos a dar su tiempo, a entregarse, a dar su alegría y sus mejores sonrisas sin esperar nada a cambio. Gente dispuesta a ayudar a los demás, gente feliz que transmite su alegría a los demás, cada uno con lo mejor que sabe hacer. Lo que sentí al ver cómo brillaban sus ojos de emoción es indescriptible, sobre todo al verles bailar. A pesar de sus limitaciones físicas y psicológicas, ponían todo su empeño en seguir el ritmo, incluso los que dependían de una silla de ruedas. Y juntos montamos una fiesta increíble.
Esas pequeñas cosas que para nosotros eran insignificantes, como jugar una partida de ajedrez o contar un chiste, me recordaban a la Madre Teresa, cuando decía que veía a Jesús en cada persona necesitada. Yo veía a Jesús no solo en esas personas, sino en los voluntarios. En cada gesto veía cómo ese amor, que solo puede venir de Dios, se hacía presente. Necesitamos a Dios, y él nos quiere hacer necesarios, protagonistas de la historia, para que podamos sentir lo que es entregarse sin recibir nada. Ahí reside la auténtica felicidad.
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