No hace mucho me contaba una persona que había dado un giro a su vida y trataba de vivir coherentemente el Evangelio. Con el entusiasmo típico del neófito, afirmaba que había que ser exigente en el cumplimiento de las normas. Yo le recordaba que el centro del Evangelio es el mandamiento del amor, y él respondía que no podía haber amor sin justicia.
Es cierto, pero la justicia humana y la divina no son iguales. La justicia humana razona: «Tú la haces, tú la pagas»; mientras que la divina dice: «Tú la haces, yo la pago». Efectivamente, el máximo de la justicia es la misericordia, que paga por la culpa ajena. Jesús ya pagó abundantemente por nuestras faltas y pecados.
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