Mi relación con los libros no fue a primera vista. Mis amigos y familiares eran y son unos lectores empedernidos, pero a mí me costaba muchísimo engancharme a una historia. En el colegio, si leía, era por obligación. Aun así, la idea de tener un libro en las manos siempre me pareció increíblemente romántica, con esas maravillosas portadas llenas de color.
A los catorce años, una profesora del instituto nos recomendó el libro «Todos los detectives se llaman Flanagan». El libro era divertido, romántico y con mucha intriga, pero lo mejor no lo encontré entre sus páginas; fue compartir mis opiniones y sentimientos con otras compañeras. Y es que, si la literatura es magia, cuando puedes compartirla, Hogwarts se queda en pañales. No obstante, mi pasión volvió a enfriarse de nuevo, hasta que a los dieciséis años una amiga me prestó una novela romántica. En casa me escondía para leerla, y no porque mis padres lo censuraran, sino porque para mí era pura emoción. Mi hermana mayor solía enfadarse: «Te vas a volver como Don Quijote», me decía ¡Y cuánta razón! Pasé de no coger un libro a no soltarlos.
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