A Diego, Arancha, Pau, Carolina o Jokin los equipara una triste realidad: son (o eran) adolescentes, sufrieron acoso y, en algunos casos, sus vidas acabaron trágicamente.
Podríamos hablar de más tragedias escondidas, disimuladas y amordazadas por esa «ley del silencio» que, sufrida también en silencio, impera angustiosamente en muchos de los grupos en los que niños y adolescentes se mueven. Estamos hablando de esa plaga lacerante, ese bárbaro fenómeno llamado bullying o acoso.
Desde las más altas instituciones, pasando por las escuelas y centros educativos, hasta las familias, TODOS tenemos una responsabilidad y JUNTOS tenemos la obligación de colaborar para erradicar este triste y lacerante fenómeno.
Sin querer obviar el papel relevante de cada uno ni simplificar un tema tan complejo, me gustaría detenerme en dos aspectos: