Un sencillo episodio protagonizado por una comunidad sevillana, cuyos miembros han colaborado de varios modos, desde la ayuda concreta a la oración.
Hace unos años conocí a Ralf, un señor alemán que pedía junto a la puerta de la catedral por la mañana temprano. Lo veía cuando iba misa antes del trabajo. No le daba dinero, pero sí los buenos días. A pesar de la dificultad para entendernos, surgió una buena relación, pues yo procuraba asesorarlo sobre dónde acudir para lo que necesitase. La verdad es que decía que ya sabía donde le podían proporcionar ropa, etc.
A veces, especialmente en verano, no estaba. Después me contaba que había ido a trabajar a algún otro lugar. Un día me regaló un rosario que alguien le había regalado. Durante dos inviernos le llevé café calentito, y él se lo tomaba agradecido.
Un día le vi muy feliz. Me dijo que quería volver a su tierra y que le iban a proporcionar el billete. Unos días después estaba muy triste, pues por alguna razón, que no sabía explicar, no le habían concedido el billete. Sufría porque no entendía los motivos de la negativa.