El señor cangrejo vivía en los agujeros de las rocas de una inmensa playa. Cuando la marea subía, miraba al horizonte y recordaba lo que había más allá de la línea que unían agua y cielo. Venía de allí, pero sabía que jamás podría regresar.
Un día, paseando sin rumbo, casi muere aplastado bajo el pie de un niño, pero ni se inmutó. Ni siquiera intentó pellizcarle con sus pinzas. El niño lo esquivó en el último momento y, mirándolo con atención, lo cogió y lo colocó en la palma de su mano: «¿Qué te pasa, fiero guerrero?», preguntó.
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