Cada momento del día puede ser una ocasión para vivir la misericordia.
Había tenido un desencuentro con una de mis hermanas y ya no nos llevábamos como antes. Quizás por eso, cuando operaron a mi marido, me dijo que ella no pensaba ir, pues la operación era en otra ciudad. Tampoco yo esperaba que fuera, pues ya mis otras hermanas iban a ir; solo que tuve la sensación de que se sentía mal por eso.
Cuando volvimos, vino un día a casa, justo cuando estaba saliendo para el supermercado. Ella se ofreció a acompañarme y se lo agradecí, pues me venía muy bien su compañía, ya que mi marido no podía. Me habría arreglado sola, pero comprendí que a ella le agradaría saber que me había sido útil. Unos días después se encontraba mal y tenía que ir al médico y aunque es muy independiente, permitió que la acompañara con el coche. Con estas pequeñeces la relación ha mejorado.