A los 16 años sentí la necesidad de hacer algo por los demás, algún tipo de voluntariado. Necesitaba llevar a la práctica los valores en los que creía. Gracias a mis padres conocí la Comunidad de San Egidio y empecé a repartir cenas los viernes por la noche a personas sin hogar. Algunas veces me perdía alguna fiesta o quedaba tarde con mis amigos, pero estar allí unas pocas horas valía la pena.
El verano en que acabé el colegio, mientras mis amigos hacían el interrail u otros viajes, yo me fui a Filipinas a hacer voluntariado. Allí descubrí que la verdadera pobreza no reside en no tener cosas o alimentos, sino en la soledad y el vacío espiritual. La pobreza de nuestro mundo «avanzado» alcanzaba niveles mucho más profundos.
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