Las vivencias de cada día forman un puzle. Se trata de aprender a encajar rostros y colores.
El día ha amanecido nublado, también en mis pensamientos. Anoche me dormí dándole vueltas a algunas noticias del telediario: ¿por qué un padre llega a matar a su mujer y a sus hijos?, ¿por qué hay tanto fanatismo cruel?, ¿por qué tantos se dejan atrapar por el seductor poder del dinero?... Esas preguntas me siguen rondando mientras camino, cuando un coche se detiene a mi lado. Seguro que me pregunta por una calle. Pero no, la señora me señala amablemente que llevo la mochila abierta. ¡Vaya, este gesto es como un rayo de sol!
Unos metros más adelante me cruzo con mi vecino Ricardo. Siempre tiene problemas nuevos y cada vez le falta un euro para tabaco. Hoy está preocupado por los jóvenes sin ideales. Tiene un hijo adolescente con el que casi no logra comunicarse, y teme que se haya metido en algún lío. De repente me dice muy serio: «He seguido tu consejo para poder soportar a mi mujer, que habla durante horas y horas por teléfono. Anoche, en lugar de hacer ruido para molestarla, le llevé una silla para que estuviera más cómoda. Me miró con unos ojos como platos. Y yo, tan feliz». Yo también me siento ahora feliz mientras voy a la oficina de correos.