«Como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo» (Is 66, 13)
¿Quién no ha visto llorar a un niño y echarse en los brazos de su madre? Suceda lo que suceda, sea cosa pequeña o grande, la madre le seca las lágrimas, lo cubre de cariño y al poco rato el niño vuelve a sonreír. A él le basta con sentir su presencia y su afecto. Así hace Dios con nosotros, comparándose con una madre.
Con estas palabras Dios se dirige a su pueblo que ha vuelto del exilio en Babilonia. Después de haber visto demoler sus casas y el Templo, después de haber sido deportado a tierra extranjera, donde ha experimentado decepción y desánimo, el pueblo vuelve a su patria y debe volver a empezar a partir de las ruinas que ha dejado la destrucción sufrida.