Cuando el Señor actúa, realiza proezas. Apenas hubo creado el universo, vio que era «bueno y bello», y el hombre y la mujer le parecieron «muy bellos» (cf. Gn 1, 31). Pero su última obra supera a todas, es la que realiza Jesús: con su muerte y resurrección ha creado un mundo nuevo y un pueblo nuevo. Un pueblo al cual Jesús le ha dado la vida del cielo, una fraternidad auténtica con la acogida recíproca, el compartir, el don de uno mismo. La carta de Pedro hace que los primeros cristianos sean conscientes de que el amor de Dios los ha convertido en «un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios» (1 P 2, 9-10).
Si también nosotros, como los primeros cristianos, tomásemos conciencia realmente de lo que somos, de lo mucho que la misericordia de Dios ha obrado en nosotros, entre nosotros y en torno a nosotros, nos quedaríamos atónitos, no podríamos contener la alegría y sentiríamos la necesidad de compartirla con los demás, de «anunciar las proezas del Señor».
Pero es difícil, casi imposible, testimoniar de modo eficaz la belleza de la nueva «socialidad» a la que Jesús ha dado vida si permanecemos aislados unos de otros. Por eso es normal que la invitación de Pedro vaya dirigida a todo el pueblo. No podemos mostrarnos pendencieros y sectarios, o simplemente indiferentes unos con otros, y luego proclamar: «El Señor ha creado un pueblo nuevo, nos ha liberado del egoísmo, de odios y rencores, nos ha dado como ley el amor recíproco, que hace de nosotros un corazón solo y un alma sola…». En nuestro pueblo cristiano claro que hay diferencias en el modo de pensar, en las tradiciones y culturas, pero estas diversidades hemos de acogerlas con respeto, reconociendo la belleza de esta gran variedad, conscientes de que la unidad no es uniformidad.
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