CentroCentro Cibeles Plaza de Cibeles, 1 Madrid Hasta el 28 de febrero de 2016
El artista ruso Kandinsky (1866-1944) describe en su autobiografía Mirada retrospectiva tres experiencias que influyeron en su vocación artística, de manera que a la edad de 30 años decidió dejar el trabajo para dedicarse a la pintura.
Cuenta que en su época de estudiante, en un viaje de estudios de carácter etnográfico a la ciudad de Vologda, quedó fascinado por el interior de las casas con colores brillantes. Tuvo la sensación de encontrarse dentro de un cuadro. Unos años después, en 1896, quedó impactado en una exposición sobre arte francés por no haber sido capaz de reconocer el tema del cuadro de Monet Montón de heno. Aún así, esta obra le conmovió profundamente por la combinación de colores y formas. Por aquella época, una representación de la ópera Lohengrin, de Richard Wagner, le hizo comprender que la música puede evocar imágenes pictóricas y estados de ánimo.
Estas experiencias explican la vinculación de la música y la pintura en su obra. Kandinsky quería hacer vibrar el alma del espectador; decía que «el color es un medio para ejercer una influencia directa en el alma», y utilizando la imagen de un piano escribió en 1912: «El color es el teclado. El ojo es el martillo, mientras que el alma es un piano de muchas cuerdas. El artista es la mano a través de la cual hace vibrar el alma humana».
CentroCentro Cibeles le dedica una exposición monográfica. Pinturas, dibujos y fotografías del Centro Pompidou recorren cuatro décadas de su evolución artística, desde las primeras obras figurativas hasta sus investigaciones con la abstracción y el color. Casi todas las pinturas formaban parte de su colección personal y fueron donadas por su viuda, Nina. La muestra se desarrolla en cuatro secciones, desde los primeros años en Alemania hasta su vuelta a Rusia, el retorno a la Bauhaus de Weimar y el último periodo en Francia.