Como referencia general y admitida, asumimos que es importante ayudar a los niños y niñas desde edades tempranas a aplazar la recompensa, controlar los impulsos o regular la expresión de las emociones.
Y por ello, nadie pone en duda que la educación en el autocontrol es tarea prioritaria durante los primeros años. Intervenir en los primeros años es más eficaz que si se decide comenzar, por ejemplo, en la adolescencia. Es decir, si los padres motivamos y alentamos el autocontrol en nuestros hijos, evitaremos muchos problemas. Hasta aquí –espero– nadie plantea objeciones.
Hoy, sin embargo, querría poner de relieve un matiz; algo que no siempre se evidencia con la claridad que merece.
El control de los propios actos y emociones se dirige hacia la adopción de actitudes y valores positivos y válidos para el crecimiento como persona, tales como la perseverancia, la responsabilidad, el esfuerzo o la paciencia. Y, en la mayoría de las ocasiones, las relacionamos con acciones que podemos denominar “positivamente negativas”: ponerse a estudiar cuando no apetece, continuar con una tarea desagradable, aguantar sentado, respetar los turnos, evitar una mala contestación o un grito, es decir, renunciar a hacer algo más placentero en función de algo más costoso.
Estas formas de autocontrol son –reitero– esenciales para llegar a ser personas realizadas, libres y felices. Por ello debemos emplear esfuerzo y recursos para inculcarlas adecuadamente en nuestros hijos y alumnos.