Un día comprendimos cuánto debíamos amarnos: «Hasta fundirnos en uno», es decir, hasta realizar, entre nosotras en primer lugar y luego entre quienes amábamos, el Testamento de Jesús: «¡Que todos sean uno!».
Miramos a la unidad del Padre celestial con su divino Hijo, y ante tan alta meta nos pareció más bella y definitiva nuestra Idea, que desde aquel día llamamos «Unidad»; y «Movimiento de la Unidad» llamamos a este dirigirse de almas de todo tipo hacia Dios en la práctica de la evangélica Caridad.
La Unidad fue la base de toda acción nuestra (nos amábamos sinceramente antes de actuar del modo que fuera y con cualquier fin... y aquí era el Evangelio, que requiere la reconciliación con el hermano ¡incluso antes de la ofrenda en el altar!); fue el medio para amar al prójimo (nos hacíamos uno con todos. Llorábamos con quien llora; reíamos con quien ríe, para así amar al prójimo exactamente como a nosotros mismos, y como base de todo estaba la mutua y continua caridad antes que las discusiones, nuestros propios intereses, etc.); fue el fin porque había sido el fin de la vida de Jesús, muerto para reconducir a los hermanos al único redil; de Jesús, a quien todos queríamos emular fuese cual fuese nuestra vocación, porque Él es Luz para todos.
De modo que cada uno comprendía que debía llevar esta unidad de espíritu a su entorno, y aumentaban continuamente las almas de la Comunidad: familias que se recomponían en paz, conventos que recuperaban el primitivo fervor... [...] Y así, por los frutos se verificaba la verdad de las Palabras de Jesús: «Que sean uno para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17). [...]