Había médicos, enfermeros, fisioterapeutas, odontólogos… 46 jóvenes de 5 países distintos entre los que se creó un ambiente marcado por el deseo de aprender unos de otros, poniendo siempre al paciente en el centro.
Profundizamos en temas muy diversos, como la necesidad de trabajar en equipos interdisciplinares o la superación de los prejuicios entre profesionales; en cómo afrontar la llegada de la muerte no como un evento solamente biológico sino global de la persona, a quien no se debe abandonar en sus últimos momentos; la relación con la familia del enfermo; el papel de la Bioética en nuestra vida diaria; la empatía con el enfermo; la comunicación clara pero también el respeto a la elección del paciente si prefiere no saber… Y, finalmente, la fraternidad, que es la que engloba todo esto.
En este punto, los estudiantes que aún no tenemos pacientes a nuestro cargo nos preguntábamos si hay algo que podamos hacer para mejorar el cuidado del enfermo, y la respuesta fue «pequeños gestos de cercanía» y decir con valentía lo que pensamos respecto al trato a la persona. En cada acción transmitimos nuestros valores y ayudamos a los demás. No es lo que hacemos, sino cómo lo hacemos. Sonreír, dar la mano, una mirada cariñosa... le aportan al paciente y lo agradece. Así podemos recordar a nuestros “superiores” la motivación de ayudar a los demás, que a veces se pierde con el paso de los años.
Valoré que en el congreso nos mostraran estudios en los que se ha probado que cuanto mejor es la relación médico-paciente, mayor es la adhesión al tratamiento y, por tanto, mejor es el pronóstico. Esto me parece esencial, ya que no habría que hacerlo solo por ser buenas personas, sino porque realmente tiene un efecto muy beneficioso para el paciente.
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