Aquella mañana, cuando se levantó, Nicolás contempló con los ojos muy abiertos los surcos que había dejado en la puerta el enorme oso que atemorizaba a la aldea. Medía más de tres metros, tenía afilados colmillos y cara de pocos amigos. La comarca había sido siempre un lugar tranquilo y él, un chaval despreocupado que siempre iba con prisas. Pero el peligro había llegado. La escasez de lluvias había dejado casi secos los torrentes por los que subían los salmones, y por eso los osos bajaban buscando alimento. Para protegerse, los hombres de la aldea estaban levantando una empalizada. Debían proteger a sus familias y su ganado.
Una tarde Nicolás estaba a punto de salir a jugar con sus amigos cuando su madre lo paró: «Espera, por favor». «Pero si ya he dado de comer a las cabras y limpiado el establo», respondió el chaval. «Muy bien –dijo su madre–, pero necesito que me hagas un recado. ¡Escúchame bien, porque es muy importante!». «¡Vale!», dijo Nicolás mientras pensaba en sus amigos. Ella le explicó lo que tenía que hacer y al terminar le preguntó: «¿Te has enterado?». «Sí, sí, claro», respondió Nicolás mientras salía corriendo.
Después de un buen rato jugando, Nicolás recordó que su madre le había hecho un encargo y, aunque intentó recordarlo, nada, no tenía ni idea. No le dio importancia y siguió correteando. Al volver a casa su padre le preguntó: «¿Y los cerrojos que debías recoger en la herrería? He de ponerlos en la puerta del establo para evitar que ese oso entre». «¿Qué cerrojos?», respondió Nicolás. «El encargo que te hice esta mañana –intervino la madre–. ¡Hay que asegurar esa puerta!». «No me acordaba de lo que me habías pedido», dijo el muchacho. «Nicolás, otra vez lo mismo –se enojó su madre–, pero esta vez puede tener consecuencias muy graves; podemos perder el poco ganado que tenemos. No te acordabas porque ni siquiera escuchaste. Cuando alguien te habla, debes escuchar de verdad ». «Yo tengo el turno de noche en la empalizada –dijo su padre–, así que tendrás que dormir en el establo y vigilar el ganado».
Después de cenar Nicolás cogió un par de mantas y la escopeta. Le pareció una gran aventura hasta que vio las marcas de las zarpas del oso y lo imaginó rugiendo con sus fauces bien abiertas. ¡Se le pusieron los pelos de punta! El establo estaba completamente a oscuras. Nicolás buscó un rincón y se colocó detrás de unas tablas. En ese silencio podía oír todos los ruidos del bosque. Su corazón latía muy deprisa. No había tenido más miedo en toda su vida. ¿Y si el oso de más de tres metros se apoyaba en la puerta? Con solo su peso esta se vendría abajo. Una y otra vez imaginó aquella escena, mientras recordaba las palabras de su madre: «Cuando alguien te habla, debes escuchar de verdad».
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