nés y Naomí nunca se habían cruzado una palabra, si bien sus hijos estaban en la misma clase. No se había producido todavía esa ocasión que favorece el encuentro. Y quizás no se habría producido nunca si no la hubiera provocado Gerald, el hijo de Naomí, un niño inquieto al que en la escuela habían etiquetado como «molesto», cosa que aumentaba su aislamiento y su malestar. El caso es que Naomí e Inés empezaron a conocerse. Diez años antes Naomí había llegado con la esperanza de forjarse un futuro mejor y ayudar a los dos hijos que había dejado en su país. Aquí había encontrado trabajo y casa cuidando a un matrimonio de ancianos que veían a Gerald como a un nieto.
Se acercaba Navidad y, como sentía morriña de los suyos, Naomí decidió viajar a su país para que Gerald pudiera conocer a sus hermanos y parientes. Preparó el viaje meticulosamente e Inés ayudó incluso a elegir y empaquetar los regalos para familiares y amigos.
Una noche sonó el teléfono en casa de Inés. Eran los ancianos a los que cuidaba Naomí. Le comunican con cierto desasosiego que a su vuelta no iban a poder seguir empleando a Naomí, dando a entender que ahora necesitan otro tipo de ayuda porque sus condiciones han cambiado. O sea, que al volver de su país Naomí ya no tendría trabajo ni tampoco casa. Inés quedó desconcertada, sintiendo sobre sus espaldas el peso de este problema. Se lo cuenta a su marido, pero este no acepta la idea de alojar en su casa a Naomí y Gerald durante un tiempo, mientras encuentren algo. «¿Acaso la conocemos tanto como para meterla en casa?», dice el marido.
El día que volvió Naomí, se quedó sin fuerzas y sin habla cuando supo que ya no tendría trabajo ni alojamiento. Ante tanto dolor, al marido de Inés se le disiparon las dudas, así que abrieron las puertas de su casa a estos dos huéspedes. La convivencia fue todo un taller de acogida, respeto y conocimiento recíproco. Gerald encontró nuevos amigos en los hijos de Inés, y Naomí se puso a disposición para cualquier tarea. «Hacer sitio», material y espiritualmente, a estas personas es la actitud que adopta la familia de Inés, pues toca reorganizar la vida diaria contando también con ellos. Por su parte, Naomí es una presencia discreta y muy colaboradora.
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