Estas palabras de san Pablo nos recuerdan uno de los aspectos más conmovedores del amor de Jesús: el amor con que Jesús acogió a todos durante su vida terrena, de modo particular a los más marginados, los más necesitados, los más alejados. [...]
Esta [Palabra] concentra nuestra atención sobre uno de los aspectos de nuestro egoísmo que se da con más frecuencia y –digámoslo también– más difíciles de superar: la tendencia a aislarnos, a discriminar, a marginar, a excluir al otro porque es distinto de nosotros y podría perturbar nuestra tranquilidad.
Para ello trataremos de vivir esta Palabra ante todo [...] eliminando en nosotros los juicios, las discriminaciones, las prevenciones, los resentimientos, la intolerancia hacia este o aquel prójimo, tan fáciles y tan frecuentes, que tanto enfrían y comprometen las relaciones humanas y que impiden el amor recíproco bloqueándolo como la herrumbre.
Y luego, en la vida social en general, proponiéndonos dar testimonio del amor acogedor de Jesús hacia cualquier prójimo que el Señor nos ponga al lado, especialmente aquellos que el egoísmo social tiende más fácilmente a excluir o marginar.