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El empujón de Silvestre

Pilar Cabañas / Ilustración: Miriam Luminosa Fernández Ibáñez (7 años)


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Clara era una cebra muy bonita, de rasgados ojos verdes y con un montón de rayas muy bien diseñadas. Era inteligente, amable e incluso graciosa. Era muy, muy espontánea cuando se encontraba a gusto. Sin

embargo, cuando desconfiaba de quien tenía enfrente, llegaba incluso a tartamudear.

Su madre estaba preocupada, pues muchas veces veía a Clara triste y nerviosa. Un día se dio cuenta de cuál era el problema de su hija. Clara pensaba que cualquier cosa que ella hiciera, siempre había alguien alrededor que podía hacerlo mucho mejor: una compañera con más rayas que ella, o alguno que sabía buscar los pastos más frescos o que enseñaba a los pequeños mejor que ella a olfatear las mariposas. «Espero que llegue una ocasión ideal para que Clara salga de su error –pensaba su mamá–. Así nunca llegará a ser feliz».

Se acercaba el día de la gran fiesta de la pradera. La manada de cebras iba a contribuir con un número musical. Malena, la cebra de las largas pestañas y las curvas más sinuosas, era la estrella. «Mamá –decía Clara–, tiene una voz impresionante y a los músicos de la orquesta los tiene embelesados».

La tarde anterior a la actuación, todos fueron a bañarse al río después del ensayo. Cuando llegó la gran fiesta, todos estaban muy nerviosos. Era lógico. Pero lo que no era lógico es que estando ya la orquesta preparada para subir a actuar, Malena no hubiera aparecido.

Llegó el momento esperado. La orquesta se colocó en el escenario deseando el milagro de que Malena llegara en el último momento, pero la que llegó con malas noticias fue la madre de Clara:

–«Malena está afónica y con fiebre. El agua del río estaba demasiado fría para ella».

–«¡Qué horror, mamá! Las cebras quedaremos fatal. No volverán a dejarnos participar».

A la madre de Clara se le encendió la bombilla y dijo:

–«A ti no se te da bien cantar, pero ¿por qué no les cuentas una de tus hermosas historias? La orquesta puede acompañarte».

–«Yo no, mamá. No son suficientemente buenas». –«O eso o nada, tú verás». Mientras dudaba, su amigo Silvestre, que había

escuchado la conversación, de un empujón la colocó en medio del escenario. Todo el mundo se puso a aplaudir. No tenía escapatoria. Todo dependía de ella.

Clara comenzó a contar una historia maravillosa, y aunque era la más larga, nadie se movió de sus asientos. La orquesta, improvisando, acompañaba con su música la acción que ella narraba.

Cuando acabó, un silencio que podía cortarse inundaba la sala. De repente, uno de los monos comenzó a gritar: «¡Bravo! ¡Bravo!». Y acto seguido Clara, que al acabar había cerrado los ojos, los abrió y comprobó que la pradera estaba en pie aplaudiendo a rabiar.

En aquel momento se dio cuenta de que su madre tenía razón. Cada uno tiene sus dones. Ella no podía cantar, desafinaba mogollón, pero inventaba historias como nadie. «Mamá –dijo abrazando a su madre–, a partir de hoy voy a confiar en mis dones. ¿Para qué me sirven si no disfruto de ellos con los demás?».





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