Clara era una cebra muy bonita, de rasgados ojos verdes y con un montón de rayas muy bien diseñadas. Era inteligente, amable e incluso graciosa. Era muy, muy espontánea cuando se encontraba a gusto. Sin
embargo, cuando desconfiaba de quien tenía enfrente, llegaba incluso a tartamudear.
Su madre estaba preocupada, pues muchas veces veía a Clara triste y nerviosa. Un día se dio cuenta de cuál era el problema de su hija. Clara pensaba que cualquier cosa que ella hiciera, siempre había alguien alrededor que podía hacerlo mucho mejor: una compañera con más rayas que ella, o alguno que sabía buscar los pastos más frescos o que enseñaba a los pequeños mejor que ella a olfatear las mariposas. «Espero que llegue una ocasión ideal para que Clara salga de su error –pensaba su mamá–. Así nunca llegará a ser feliz».
Se acercaba el día de la gran fiesta de la pradera. La manada de cebras iba a contribuir con un número musical. Malena, la cebra de las largas pestañas y las curvas más sinuosas, era la estrella. «Mamá –decía Clara–, tiene una voz impresionante y a los músicos de la orquesta los tiene embelesados».