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La gran aventura

Julio Márquez

Retos científicos Una revolución en la física fundamental está a la vuelta de la esquina. Sólo será útil si la compartimos todos.
La Santa María, la Pinta y la Niña están preparadas para zarpar. Cristóbal Colón observa el mar que se abre ante él misterioso y seductor. A sus espaldas quedan años y años de esfuerzos, de interminables discusiones a propósito de si era oportuno o no afrontar una empresa que nunca antes había afrontado nadie: conseguir la suma necesaria para equipar naves y tripulación, visitando a los poderosos del momento, reyes, reinas y “sabios”, a fin de convencerlos con el objetivo de fabulosas riquezas en las lejanas Indias. Ahora sólo hay que esperar a que la marea sea favorable para zarpar. Colón está convencido de lo que va a hacer, y aun así le tornan las dudas: ¿y si el océano fuese demasiado grande y muriesen todos de hambre?, ¿y si la tierra tuviese un final y el mar se acabase de golpe y se precipitasen al vacío?, ¿y si un monstruo marino desconocido pusiese fin a la aventura?, ¿y si hubiera tierras intermedias que impidieran llegar hasta las Indias?, ¿y si los habitantes de las Indias fuesen hostiles y los matasen a todos?, ¿y si se veía obligado a volver derrotado, pobre y fracasado?… Los fantasmas de lo desconocido se le plantan delante, pero no le impiden zarpar: “Hechos no fuisteis para vivir como brutos, sino para ir en pos de virtud y conocimiento”, había dejado escrito Dante en la Divina comedia. Es el 3 de agosto de 1492 y estamos en Palos de la Frontera. Será una de las fechas más importantes de la historia de la humanidad. Medio milenio después, quizás se esté acercando otra fecha histórica. La situación es distinta, pero se parece mucho. Estamos ahora en otra frontera, la que separa Suiza de Francia, cerca de Ginebra. No tenemos a Colón ni a su pequeña tripulación, sino a cinco mil científicos, ingenieros y estudiantes de muchos países. En lugar de las tres carabelas, hay una gigantesca máquina que tiene forma de rosquilla y veintisiete kilómetros de circunferencia, y está enterrada en un túnel a unos cien metros de profundidad. No hay un océano de agua delante, sino el ilimitado océano del conocimiento, especialmente los secretos de la materia de la que está compuesto nuestro mundo. El sueño no lo atormenta ningún monstruo marino, sino los temores sobre la efectividad y la capacidad de las nuevas tecnologías utilizadas para conseguir un objetivo dado. Nadie quiere descubrir las Indias, sino la fantasmal “partícula de Higgs”, que debería dar estabilidad al modelo actualmente utilizado para explicar la materia, con las partículas y las fuerzas fundamentales que lo constituyen. Nadie cree que el océano se vaya a acabar de repente, pero hay quien, por precaución, le ha pedido a un juez americano que paralice el experimento porque tiene miedo de que se cree un “agujero negro” capaz de tragarse la tierra. Esto da una idea de la incertidumbre que reina, incluso entre los expertos, sobre lo que podría llegar a descubrirse. De hecho, al igual que Colón no llegó a las Indias porque descubrió involuntariamente América, del mismo modo el experimento que están a punto de hacer con el Gran Colisionador de Hadrones (LHC en su sigla inglesa), que así se llama la maquinita, podría desembocar en una revolución de nuestro conocimiento sobre la física, y no sólo. Hace al menos diez años que los científicos esperan este momento con la respiración contenida. Y aunque nadie quiere hablar de un posible fracaso, las enormes posibilidades que proporciona el LHC podrían ser insuficientes para responder a todas las preguntas que hoy se plantea la física. En tal caso habría que esperar al menos otros diez años hasta que entre en funcionamiento la sucesora del LHC, que será aún más potente, para dar un salto hacia delante en el conocimiento científico al que ya no se puede renunciar. Y mientras, soportar la pesadilla de haber gastado en vano muchos años de estudio y, sobre todo, millones y millones de euros de la financiación pública internacional, con no pocas polémicas de por medio. Muchas facetas hacen del LHC un reto único, pero hay uno en particular que resulta muy interesante: la manera en que será recogida y elaborada la enorme cantidad de datos que generarán los experimentos. Cada segundo chocarán cien millones de “paquetes” formados cada uno de ellos por cien mil millones de protones. En cada colisión se producirán miles de partículas nuevas, cada una de las cuales será revelada y medida con extremada precisión. Todos estos datos tendrían que ser elaborados por unas calculadoras centrales que, aunque son potentes, no lograrán hacerlo. Por eso habrá una red mundial (“grid”) compuesta por miles y miles de ordenadores cooperando en la resolución del problema. Esta colaboración global es característica en este tipo de experimentos. Como están en el límite de las posibilidades del hombre, para realizarlos se requiere una red planetaria de cerebros, de financiación, de capacidad organizadora y, sobre todo, de colaboración, transparencia y confianza recíproca entre los países. O sea, ya no se trata de un solo Colón, sino de la humanidad. No sólo los científicos y los expertos en el tema, sino todos los ciudadanos, que han de ser informados sobre el significado, las perspectivas, los costes, los riesgos y las ventajas de los experimentos, de manera que estén al tanto y, por qué no, se entusiasmen. Es que la aventura del conocimiento, o es de todos y para todos, o sencillamente no sirve.


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