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Revista mayo - 2015
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Ciudad menuda
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El niño galgo
Pilar Cabañas
Conocà a un niño, Robin, a quien le gustaba correr. Un dÃa, cuando era muy pequeño, viendo correr a los perros del señor del castillo, le dijo a su abuela: «Abuela, cuando sea un poco mayor, yo seré un niño galgo».
Su madre contaba que iba siempre corriendo a todas partes, incluso a hacer pis. Robin se sentÃa plenamente libre al correr contra el viento y aquello le hacÃa ser verdaderamente rápido. Entrenaba con coraje y esfuerzo en todo momento, y sus amigos pensaban que estaba algo obsesionado. HabÃa ganado muchas competiciones en el condado y si descubrÃa que habÃa alguien más rápido que él, se pillaba un rebote de cuidado.
Recuerdo una ocasión en que el señor del castillo, para celebrar el cumpleaños de su hija, convocó una carrera y ofreció un premio en metálico. Robin pensó que con aquellas monedas podrÃa comprarse algún capricho, y para asegurarse la victoria redobló sus entrenamientos. ¡TenÃa que ser el PRIMERO!
Llegó el dÃa de la competición. El pueblo estaba engalanado con las banderas y los escudos del señor. Mientras se preparaban, escuchó la conversación de Julián, un chico del pueblo que vivÃa en una minúscula cabaña a las afueras. Era un peligroso rival. Julián intentaba consolar a su madre: «¡No te preocupes mamá! Correré mejor que nunca, como si tuviera alas, y con ese dinero podremos pagar las medicinas de la peque». Y abrazó a su madre. Cuando el chaval levantó la mirada, se encontró con los ojos de Robin. Julián era muy bueno, pero a menos que se produjera un milagro, serÃa imposible ganar a Robin, el número uno del condado.
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