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El niño galgo

Pilar Cabañas


Conocí a un niño, Robin, a quien le gustaba correr. Un día, cuando era muy pequeño, viendo correr a los perros del señor del castillo, le dijo a su abuela: «Abuela, cuando sea un poco mayor, yo seré un niño galgo».
Su madre contaba que iba siempre corriendo a todas partes, incluso a hacer pis. Robin se sentía plenamente libre al correr contra el viento y aquello le hacía ser verdaderamente rápido. Entrenaba con coraje y esfuerzo en todo momento, y sus amigos pensaban que estaba algo obsesionado. Había ganado muchas competiciones en el condado y si descubría que había alguien más rápido que él, se pillaba un rebote de cuidado.
Recuerdo una ocasión en que el señor del castillo, para celebrar el cumpleaños de su hija, convocó una carrera y ofreció un premio en metálico. Robin pensó que con aquellas monedas podría comprarse algún capricho, y para asegurarse la victoria redobló sus entrenamientos. ¡Tenía que ser el PRIMERO!
Llegó el día de la competición. El pueblo estaba engalanado con las banderas y los escudos del señor. Mientras se preparaban, escuchó la conversación de Julián, un chico del pueblo que vivía en una minúscula cabaña a las afueras. Era un peligroso rival. Julián intentaba consolar a su madre: «¡No te preocupes mamá! Correré mejor que nunca, como si tuviera alas, y con ese dinero podremos pagar las medicinas de la peque». Y abrazó a su madre. Cuando el chaval levantó la mirada, se encontró con los ojos de Robin. Julián era muy bueno, pero a menos que se produjera un milagro, sería imposible ganar a Robin, el número uno del condado.

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