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Años y años de generosidad

Rosario Granda

De la vida misma Marce y Paquita no habían ido a la escuela. Desde pequeñas trabajaron cuidando cabras o pidiendo limosna para dar de comer a una numerosa prole de hermanos. Cualquier trámite les resultaba muy difícil y se sentían cohibidas por no saber casi firmar.
Hace más de treinta años que conozco a una familia atípica. Son dos hermanas y un hombre afectado por una parálisis cerebral de nacimiento. Entre ellas y él existe un vínculo que ningún ordenamiento jurídico ha definido. La mayor de las hermanas entró a trabajar en la casa a los 16 años como criada, cuando él era un niño de 4 años, y llegó a Madrid rescatada de una vida de hambre y miseria. Ha pasado de niña a joven, adulta, madura y anciana con “su chico” en brazos, mientras pudo, y luego empujando una silla de ruedas. Y como vivían en un piso sin ascensor, primero tenía que bajar la silla y después a él en brazos. Siempre ha dormido en una cama junto a la de él y tenía que levantarse varias veces para cambiarlo de posición. Su sueño se interrumpía aún más si él estaba enfermo, inquieto, triste o malhumorado. Ella lo cogía en brazos para orinar o vomitar, tenía que darle de comer y beber de una manera que conocía a la perfección para evitar que se atragantase; lo afeitaba, le cortaba el pelo, las uñas... e incluso hizo de dentista. Cuando los padres de él enfermaron, ella se ocupó de atenderlos, consolarlos… hasta que, también ella, les cerró los ojos. Durante unos años la familia se redujo a esta señora, otra criada que llevaba en la casa desde que vivían los abuelos de mi amigo y él mismo. También la criada murió. Entonces se trasladó a vivir con ellos una hermana de la cuidadora, que hasta entonces había vivido realquilada. Trabajaba limpiando en un teatro y aportó a la vida familiar su trabajo, su sueldo, sus ahorros y una ayuda imprescindible, pues una sola persona no podía llevar la casa y atender al minusválido. Yo los conocí dos o tres años antes de esto, y lo que empezó siendo una labor de compañía en nombre de la parroquia, al cabo del tiempo se convirtió en verdadero cariño. Ni Marce ni Paquita habían ido a la escuela. Desde pequeñas trabajaron cuidando cabras, o pidiendo limosna para dar de comer a una numerosa prole de hermanos. Cualquier trámite les resultaba muy difícil y se sentían cohibidas por no saber casi firmar. Antes de morir, el padre de Víctor había designado a unos administradores para que velaran por los intereses de su hijo. La “fortuna” era casi anecdótica y en realidad su labor consistía más en buscar ayudas que en administrar bienes. Quiero pensar que aceptaron y ejercieron el cargo en la medida de su entendimiento y buena voluntad. Sin embargo, no siempre hacían los trámites necesarios. Víctor no quería contradecirlos o malhumorarlos; Marce y Paquita ni se planteaban poner en duda la gestión, pues sólo se veían capaces de obedecer y callar, aunque con una pensión de orfandad y un sueldo mínimo pasaban verdaderas penurias. Siempre hubo personas de buena voluntad, conocidos de la familia, o pacientes del padre de Víctor, que había sido pediatra y había sacado adelante casos como el de su hijo, que se hacían presentes con regalos y ayudas. Pero no era suficiente.

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