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articulo

La pepita de oro

Pilar Cabañas


Camomila era una trucha de río, de ésas que no van nunca al mar. Era pequeña e inquieta, muy, muy inquieta. Su mamá, doña Camila, a veces, y sólo a veces, se desesperaba. Sin embargo, había una vecina que siempre le regañaba y le decía que, por tantas energías que gastaba en enredar e ir de acá para allá, no crecería jamás. Aunque su opinión no era nada científica, hacía que Camomila se sintiera mal y acudiera a ver su reflejo en la superficie.

 

A su especie se la conoce como trucha marrón, pero ella de marrón no tenía nada de nada. Era de un color amarillento dorado, y con más lunares que ninguna otra. Camomila se sentía rara, diferente. En aquel río, no sólo los peces, sino todos los animales tenían un color parduzco y aburrido, que a ella le parecía maravilloso. Allí todos opinaban que aquellos colores eran lo más de lo más. Camomila llegó a pensar que ser así, de un color amarillo dorado, era un asco, y más siendo tan inquieta, pues llamaba mucho más la atención.

 

Un día, como cada invierno, llegaron por aquellos lugares los salmones. Como todavía era muy joven, no los conocía. ¡Aquellos peces sí que eran grandes! ¡Y qué músculo tenían!, pensó Camomila. Uno de ellos se paró a descansar en un remanso junto a ella. Camomila estaba deslumbrada. No podía cerrar ni los ojos ni la boca.

 

–«Hola», dijo el salmón.

 

–«¡Uaooo!», consiguió decir Camomila. «Tú sí que vales la pena».

 

–«¿Qué quieres decir?», preguntó el salmón.

 

–«Eres grande y fuerte, del color del río… Y yo, sin embargo, soy pequeña, inquieta y de color amarillo dorado».

 

–«Yo he viajado mucho por distintos mares y te aseguro que hay muchos peces más grandes y fuertes que yo», observó el salmón.

 

–«¿Y más pequeños, más amarillos e inquietos que yo? Mira, mira cuánto me muevo», respondió Camomila.

 

–«No me hagas reír. ¡Pues claro que sí!», dijo él. «Los hay tan pequeños que aun siendo adultos, no crecen más que una de tus aletas, y los hay de color amarillo limón, azules, rojos, con rallas, más torpes y sin apenas memoria…».

 

–«¿Con rallas?», preguntó incrédula Camomila.

 

–«¿No tienes tú lunares?», respondió el salmón. «Créeme: no eres un asco. Eres como una hermosa pepita de oro entre las aguas de este río. De ti depende que la pepita crezca y siga brillando, o que con tu amargura se oxide y se pierda sin aportar la riqueza de tu diferencia».

 

El salmón tenía que continuar su viaje y al marcharse le dio a Camomila un consejo: «¡Sé feliz como eres, sin dejar de luchar por ser cada día mejor!».

 

«Ok», dijo ella, y se marchó a pasear orgullosa por las transparentes aguas del río, dejando que la luz del sol hiciera brillar sus escamas.





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