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Vivir y contarlo



A lo largo del curso pasado la Palabra de vida nos ha invitado a vivir el amor recíproco. Compartimos aquí las vivencias de los lectores.
«Desde hace muchos años estoy en la asociación de padres del colegio. Casi podría decir que fui socia fundadora. Desde entonces, pertenezco a la directiva y he sido muy activa. Estos últimos años mi implicación parecía no gustar, por lo que me habían ido relegando a dar consejos, que casi nunca aceptaban. Pero ahí seguía, tratando de dar mi aportación. Impotente, veía cómo por desgracia la asociación se iba encaminando hacia el fracaso, con el consiguiente gran malestar en la directiva misma. Al final del curso pasado me planteé muy seriamente no seguir, pero al llegar septiembre, justo antes de empezar el curso, la directora del colegio me llamó para pedirme ayuda, consejo y mi participación para sacar a flote la asociación. Sabía que no va a ser fácil, pero acordándome de la Palabra de vida del mes –“Acogeos mutuamente…�–, que hablaba de dejar a un lado los juicios y los resentimientos, acepté. Un curso “nuevo� nos espera». M. J. A. «Hace algún tiempo empecé a entablar relación con un africano de Ghana que pide a la puerta del supermercado cerca de mi casa. Aunque es joven y fuerte, con la situación laboral actual, podía comprender que no tuviese trabajo. Por eso, cada vez que salía de hacer compras le daba algo de dinero, que sin duda necesitaba y, en alguna ocasión, una barra de pan. Pero sentía que no podía limitarme a darle limosna, sino que debía hablarle e interesarme por él. »Al cabo de un tiempo, me di cuenta de que inconscientemente trataba de evitarle. De alguna manera, me sentía “forzado� a darle algo al principio o al final de nuestra conversación y eso me hacía sentir incómodo. Hace poco, cuando me descubrí tratando de evitarle de nuevo, me dije ¡no!. Me dirigí a él, lo saludé efusivamente y le di dinero. El comentario de la Palabra de vida de septiembre –“Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió�– me ayudó a tomar esa decisión. Desde entonces, nos saludamos siempre, incluso desde lejos cuando él me grita: “¡amigo!�».

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