La utilización de las tarjetas financieras ha llegado a ser algo absolutamente cotidiano, pero seguro que alguna vez habremos dudado si las que tenemos son de crédito o de débito. Porque no son lo mismo.
Con una tarjeta de débito podemos hacer compras en comercios o sacar dinero de un cajero y, al efectuar la operación, se genera un cargo directamente en nuestra cuenta bancaria. De forma que ésta tiene que tener fondos suficientes para cubrir esa compra. Con este tipo de tarjeta se controla mejor nuestro gasto ya que, si no tenemos fondos en el banco, la operación no puede efectuarse. Únicamente hay que tener cuidado con las condiciones de la tarjeta, pues es posible que esté pactado con la entidad emisora de la tarjeta que si no hay fondos para una operación, el banco pueda anticipar la cantidad necesaria para hacer el pago, conllevando ese descubierto unos gastos y comisiones muy elevados para el usuario.
La tarjeta de crédito, además de ser un medio de pago, es una forma de financiación. Al realizar una compra su importe no se carga en nuestra cuenta, sino que se va admitiendo hasta el límite que tengamos contratado y, luego, se nos cobra esa deuda según hayamos acordado con el banco: bien en un pago mensual los primeros días del mes siguiente o bien en un pago aplazado en que cada mes vas pagando una parte del importe debido. Y en estos casos hay que ser muy cuidadoso, pues las entidades emisoras pueden cargarte unos intereses muy elevados por el aplazamiento. La TAE (Tasa Anual Equivalente) puede ir desde el 11 al 25% y, en caso de demora o impago de las cuotas, los gastos y comisiones adicionales son altísimos.