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De un simple saludo

Paco Tomás

Madrid, primeras horas de la mañana. Miles de personas, como ríos anónimos, confluyen en las estaciones y medios de transporte públicos.
Madrid, primeras horas de la mañana. Miles de personas, como ríos anónimos, confluyen en las estaciones y medios de transporte públicos. El metro se traga rápidamente porciones de multitud en un ritual rumoroso y siempre igual. Pasajeros apretados y aun así solos, distantes. Compañeros de viaje cada cual en su mundo: rostros ocultos tras un periódico, orejas protegidas por auriculares. Durante mis viajes cotidianos a la capital en el tren de cercanías desde la localidad donde vivo con otros sacerdotes, observaba estas actitudes. En medio de la multitud que llenaba el andén resonaba dentro de mí la invitación a que «nadie pase a tu lado en vano». Quería romper el cliché. Empecé a deshacer el anonimato saludando a la gente. El primer saludo me costó mucho esfuerzo, pero luego, poco a poco, se fue volviendo una costumbre. Al principio la gente se quedaba muy sorprendida, pero luego estaban a gusto. Y entonces subíamos juntos al tren o bajábamos hablando. Al cabo de nueve años he conocido a más de trescientas personas con las cuales he entablado un verdadero diálogo. No siempre me funciona. Algunos –pocos, en realidad– se dan la vuelta o bajan la cabeza cuando me ven llegar. Pero son más las experiencias positivas. La primera persona a la que saludé era una señora. Cuatro días después le administré el sacramento de la unción de enfermos a su padre. Al día siguiente me preguntó: «¿Por qué me saludaste ese día?». Sencillamente respondí: «Porque creo en la fraternidad universal; porque Jesús pidió: “Padre, que todos sean uno”». Pero ella replicó: «No. Era porque Dios quería preparar bien a mi padre para este momento. En adelante, si alguien me dice que Dios no existe, le daré este testimonio». Más adelante me presentó a sus compañeras de trabajo y celebré la boda de su hermana y el bautizo de su hija.

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