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De la vida misma.
Elma se puso en contacto con la Fundación Madrina. Le enseñaron el piso de acogida, donde había otras chicas en su misma situación e incluso peor que han decidido seguir adelante con su embarazo.
Viernes, 7:25 horas. Elma, la chica que me ayuda en el cuidado de la casa y los niños, ha llegado un poco antes para poder decirme que el próximo miércoles no podrá venir, pues tiene que ir al médico. Inmediatamente le pregunto qué le pasa, pues yo también soy médico. Me responde, con lágrimas en los ojos, que está embarazada y que su novio no quiere saber nada. Tampoco su familia está dispuesta a ayudarla, así que ha concertado una cita en una clínica para que el embarazo no siga adelante. Dejo mi desayuno y la abrazo entre lágrimas. “No te preocupes –le digo–, tengo un amigo ginecólogo; verás como podemos solucionarlo”.
A lo largo de la mañana no se me va de la mente la situación de Elma. Tengo que actuar deprisa. Consigo hablar con mi amigo ginecólogo y quedamos para comentar despacio el asunto cuando acabemos la consulta. Y quiero creer que enseguida interviene la providencia, porque se ofrece para verla y hacerle una ecografía al día siguiente, ya que él tiene guardia ese sábado. Además me pone en contacto por teléfono con una persona encantadora que trabaja en una asociación pro-vida y tiene mucha experiencia en el manejo de este tipo de situaciones. Por la tarde hablo con Elma y le comento mis gestiones. Ella me da las gracias y dice que sí, que irá al día siguiente a la cita con el médico y la otra persona. Quiero acompañarla.
El sábado, a media tarde, nos están esperando en el hospital dos personas, una pertenece la Fundación Madrina y a otra a la Asociación de Víctimas del Aborto. Esta última había sufrido en primera persona la experiencia del aborto. Calidez y cercanía durante la conversación. A continuación, la entrevista médica y una ecografía: “Sí, estás embarazada; el latido de la criatura es fuerte”, dice el médico mientras indica dónde está la cabecita, los bracitos, las piernecitas… todo bien. Yo me emociono y ella también. No quiere mirar a la pantalla del ecógrafo, ni guardar las fotos que con tanto afecto le entrega el ginecólogo. “No te preocupes, ?yo te las guardo”, le digo.
Varias horas estuvimos luego en un café. Iban y venían las razones por las que, según Elma, no podía tener a su hijo. Quizá lo más difícil para ella era tener que aguantar el desprecio por parte de su familia y de la gente de su pueblo cuando volviera a su país. Le hablamos de que había posibilidad de dar al niño en adopción cuando naciera, incluso sin tener que conocerlo. También le planteamos que existe el acogimiento familiar, si lo de la adopción no le convencía. Por último, se le ofreció un piso para vivir, si es que tenía dificultades donde estaba o no quería que sus hermanos la vieran embarazada, o para estar cuando el niño naciera, ayudándole en su cuidado cuando se reincorporara al trabajo, pues hay asociaciones pro-vida que dan gratis leche y pañales. La persona que había sufrido el aborto le contó su experiencia y le habló de las secuelas psicológicas, que la han marcado para toda la vida.