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Estuve en la cárcel y me visitaste



Experiencia de una voluntaria en el ámbito de la pastoral penitenciaria.
El mundo de las prisiones no me interesaba, pues pensaba simplemente que los que estaban en esa situación era porque se lo habían buscado, pero empecé a introducirme en este campo a partir de ver unas imágenes de una cárcel. De este modo entré en contacto con gente de la pastoral penitenciaria de mi ciudad, que estaba compuesta principalmente por señoras más o menos jóvenes. Estas personas llamaron mi atención, porque en ellas noté que la verdadera motivación de su actividad era el Evangelio: «Estuve en la cárcel y vinisteis a verme». No lo hacían para llenar un tiempo libre, sino con verdadero espíritu. No lo pensé dos veces y me incorporé al equipo. Llevo ya varios años acompañando en las eucaristías de los domingos, que se celebran tanto en la cárcel de hombres como en la de mujeres. Además de preparar juntos la celebración, hay ocasión para entablar relación personal con los reclusos. Los sentimientos que experimentas al acercarte a ellos son muchos, y te das cuenta de que es el mundo más pobre y más marginado que se pueda imaginar. Por eso cada domingo, antes de acercarme a ellos, me preparo para escucharlos hasta el fondo, para amarlos sin medida, como si esta fuese la primera vez. En cierta ocasión pidieron voluntarios para acompañar a un recluso a una visita médica. Pensé que era mi oportunidad de hacer algo más por ellos y me ofrecí. Cuando por la mañana iba hacia la cárcel junto con otra compañera de la pastoral, sentía mucho desasosiego porque sabía que el servicio entrañaba riesgo. Hasta el simple hecho de cómo colocarnos en el coche era un problema. Te vienen a la cabeza toda clase de temores y prejuicios; piensas si podrá escapar o robarte lo que tienes… Pero me serené y, confiando en Dios, distribuimos las plazas: él iría de copiloto y mi amiga detrás. Y salimos. Miré el reloj y viendo que teníamos bastante tiempo hasta la hora de la consulta, le comenté: «¿Quieres que vayamos a desayunar? Aún es temprano». Dentro de la cafetería la gente nos miraba con extrañeza, quizás porque éramos un grupo singular y él se movía de forma llamativa. «Es Jesús», me dije. Y disfrutaba por la alegría que él tenía haciendo algo que para nosotras era lo más normal.

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