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De hermano en hermano abrazando el mundo

María Voce

Sexta entrega de una intervención de la presidenta de los Focolares sobre el amor al hermano, uno de los puntos básicos de la espiritualidad de la unidad.
Chiara Lubich quiso ser un signo tangible del Amor de Dios, sobre todo cubriendo de amor cualquier división, cualquier falta de unidad que ha lacerado y lacera a la comunidad humana. Vio y abrazó a Jesús Abandonado en cada rostro humano: «el mudo, el sordo, el ciego, el hambriento, el fatigado, el desesperado, el traicionado, el fracasado, el temeroso, el sediento, el tímido, el loco…»1. Lo abrazó en las rupturas más dolorosas de la Iglesia y de la sociedad. Nos exhortó continuamente también a los miembros del Movimiento de los Focolares a estar dispuestos a amar a toda la humanidad y a orientarla a «que todos sean uno»2. Ésta es la tarea que nos encomienda también hoy: seguir siendo los brazos de Dios en el mundo para cubrir de amor toda soledad, y así contribuir a que se realice el Testamento de Jesús en la tierra. «Dame a todos los que están solos… –escribe en otra estupenda página de 1949–. He sentido en mi corazón la pasión que invade el tuyo por todo el abandono en que está sumido el mundo entero. [...] Haz, Dios mío, que sea en el mundo el sacramento tangible de tu Amor, de tu ser Amor: que sea tus brazos, que abrazan y transforman en amor toda la soledad del mundo»3. Muchas veces, volviendo a recorrer las primeras etapas del Movimiento, Chiara no dudó en resaltar que el amor al prójimo era tan importante desde un principio que durante muchos años ni siquiera pensaban en la santidad, pues incluso temían que ésta llevase a replegarse en sí mismos y a un excesivo apego a la perfección personal. «Lo que advertíamos fuertemente era que Dios quería de nosotros que amásemos al prójimo, quería la unidad. En efecto, aquí radica el carisma»4. Solo más tarde llegó el descubrimiento: «Nos santificaremos si llevamos también a los demás a la misma meta»5. Chiara no nos enseñó una teoría, sino que nos legó una vida. Si nos fijamos en su historia, nos damos cuenta de que amó a cada prójimo con un amor muy personal. Ella misma recuerda: «Hemos ido al encuentro de los hermanos primero en Trento y luego en toda Italia, en Europa y en todo el mundo. De hermano en hermano, de todas las vocaciones, edades y condiciones sociales, se ha ido extendiendo una amplia red por la tierra. De hermano en hermano, cada vez más intensamente, manteniéndonos todos informados lo más posible de todo lo que sucedía en cualquier parte del mundo y, más íntimamente todavía, compartiendo los dolores que le permiten a Jesús crecer en cada uno: todos para uno y uno para todos. Hacia 1960 Dios nos puso en contacto no sólo con hermanos católicos, sino también con hermanos cristianos de otras Iglesias y denominaciones. Y desde 1976 hemos entrado en contacto más directo con hermanos de otras religiones o, más genéricamente, con hermanos que no conocen a Jesús. Y en vez de frenarnos ante una tarea que se nos presentaba tan difícil, la gracia de Dios nos impulsó a dirigirnos con solicitud y entusiasmo hacia aquellas enormes porciones de humanidad para amarlas»6.

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