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Cómo amar al hermano

María Voce

Cuarta entrega de una intervención en público de la presidenta de los Focolares sobre el amor al hermano, uno de los puntos básicos de la espiritualidad de la unidad.
«Hemos sido creados como un don los unos para los otros, y realizamos este modo nuestro de ser comprometiéndonos por nuestros hermanos y hermanas con ese amor que precede a cualquier gesto de amor del otro»1. Dios no esperó a que lo amásemos nosotros, sino que tomó la iniciativa. Por eso también nosotros estamos llamados a ser los primeros en amar, tomando la iniciativa, sin esperar a que el que está a nuestro lado dé el primer paso. Es la experiencia que vivió Chiara Lubich desde el principio, y no sólo con los pobres, sino con todos. Ella percibía el amor al prójimo ante todo como un servicio concreto, como diría más tarde: «Esto es el cristianismo: servir, servir a todos, siguiendo el ejemplo de Jesús, que les lavó los pies a sus discípulos. Tenemos que ver en todos a nuestros amos. Si nosotros somos siervos, los demás son nuestros amos. Tenemos que tratar de alcanzar el primado evangélico, sí, pero poniéndonos al servicio de todos»2. También el Talmud (un texto sagrado del judaísmo) recuerda: «Igual que el Señor viste a los desnudos, como hizo con Adán, así vestirás tú a los desnudos; igual que el Señor visita a los enfermos, como hizo con Abraham, así visitarás tú a los enfermos; igual que el Señor consuela a los afligidos, como hizo con Isaac, así consolarás tú a los afligidos; igual que el Señor entierra a los muertos, como hizo con Moisés, así enterrarás tú a los muertos». Para explicarnos la concreción del amor, Chiara no duda en recordar la Segunda Guerra Mundial, cuando ella y sus compañeras bajaban a los refugios antiaéreos, leían el Evangelio y se preguntaban: ¿dónde está el prójimo? «Estaba ahí, a nuestro lado –se responde ella misma–. Estaba en aquella viejecita que llegaba cada vez al refugio a duras penas, arrastrándose. Había que amarla como a uno mismo: ayudarla cada vez sujetándola. El prójimo estaba ahí, en esos cinco niños asustados junto a su madre. […] estaba ahí, en aquel enfermo impedido en su casa, sin posibilidad de resguardarse y necesitado de cuidados»3. En una de las páginas del «Paraíso del 49» se lee: «Quien ama al menos un poco sabe lo que significa amar. Significa sufrir cuando no se puede hacer nada por la persona amada; gozar cuando se puede demostrar con hechos el amor. A quien ama no sólo no le cuesta demostrar el amor, sino que le cuesta no poderlo demostrar, pues quien ama rebosa y todo lo dona, y sólo se sacia amando». Pero hemos de amar como ama Jesús, amando al prójimo uno tras otro, «sin conservar en el corazón ningún resto de afecto por el hermano con el que acabamos de estar, ya que es al mismo Jesús a quien amamos en todos». Pues precisa Chiara: «…si quedase algún residuo, quiere decir que hemos amado al hermano anterior por nosotros o por él…, no por Jesús. Y aquí está el error». Y concluye: «De modo que para ser puros no es preciso frenar el corazón y reprimir el amor; lo que hace falta es dilatarlo según el corazón de Jesús y amar a todos. Y así como basta una hostia santa de entre los millones de hostias de la tierra para alimentarse de Dios, basta un hermano –el que la voluntad de Dios nos pone al lado– para unirnos en comunión con la humanidad, que es Jesús místico»4. Con esta medida, sin duda, Chiara anticipó y realizó en primera persona lo que el Concilio Vaticano II pide con palabras todavía muy actuales: «En nuestra época urge principalmente la obligación de acercarnos a todos y de servirles con eficacia cuando llegue el caso, ya se trate de ese anciano abandonado por todos o de ese trabajador extranjero despreciado injustamente, de ese desterrado […] o de ese hambriento que recrimina nuestra conciencia recordando la palabra del Señor: “Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis†(Mt 25, 40)»5. Y recordamos con Chiara a todos aquellos santos –grandes santos– que hicieron del amor al prójimo el motor de su existencia: Vicente de Paúl, Juan Bosco, Felipe Neri, la Madre Teresa de Calcuta… (continuará) 1 C. Lubich, El arte de amar, Ciudad Nueva, Madrid 2006, 20122, p. 45. 2 Cf. ibid., p. 34. 3 Ibid., p. 30. 4 Ibid., pp. 31-32. 5 Gaudium et spes, 27.



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