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Pensando en el 5º aniversario de la muerte de Chiara Lubich, estos tres adjetivos me vuelven a la mente con insistencia.
Pensando en el 5º aniversario de la muerte de Chiara Lubich, estos tres adjetivos me vuelven a la mente con insistencia. Los he oído en una intervención suya de 1995 durante un encuentro mundial de jóvenes –Genfest– respondiendo a una joven congoleña, cuyo país estaba en guerra civil: «Todo cristiano –decía Chiara– tiene que tomar la decisión de situarse en la revolución (…) que ha de hacer que toda la tierra sea una fraternidad». Para ello se requiere una «mirada sobrenatural», cuya consecuencia es que «ya no ves al negro y al blanco, al guapo y al feo, al inteligente o al de poca inteligencia». Y añade: «Creo que este principio vale no sólo para los cristianos, no sólo para las demás religiones, sino para todos los hombres de buena voluntad, porque es un principio razonable, sano y justo». Me pregunto cuánto habrá penetrado este criterio en el pensamiento de las personas que siguen la espiritualidad de la unidad de Chiara Lubich en España, en qué medida se traduce en su vida cotidiana y qué ha significado Chiara Lubich para ellos. Así que no me lo pienso dos veces y curso una mini-entrevista a unas cuantas personas. En las respuestas encuentro expresiones densas de significado. Ahí van algunas: «La espiritualidad de la unidad me ha ayudado a saber mirar las cosas con otros ojos, tratar de ver a todos como nos ve Dios, que es nuestro Padre»; «conocer a Chiara ha configurado lo que soy»; «ella me ha enseñado (…) que en el amor al hermano, sea quien sea, está la plenitud que se experimenta en la unión con Dios»; «ella supo dar sentido a mis grandes ideales de juventud»; «Chiara y su espiritualidad han supuesto todo, con mayúsculas, en mi vida»; «su mayor legado: Dios es Amor, es cercano, es Padre, lo que nos hace a todos hermanos»; «crecimos aprendiendo a vivir con naturalidad el “arte de amar” que Chiara nos enseñó: amar a todos, ser el primero en amar, amar al otro como a uno mismo…»; «en el seminario veía que las palabras evangélicas sobre el amor quedaban muy bien sobre el papel, pero muchas veces no pasaban de ahí; ponerlas en práctica me ha abierto todo un mundo, y eso lo aprendí de Chiara»; «me cautivó el oírla hablar del amor a todos y siempre como norma de vida»; «me ayudó a entender que somos un don el uno para el otro, y a ver a cada persona como lo que realmente es: un regalo (…); esto ha modelado no sólo mis comportamientos, sino también mis sentimientos y mi forma de pensar»; «la espiritualidad de la unidad me ha ayudado a vencer mi individualismo y salir al encuentro del prójimo, a ser ciudadano del mundo e incorporar en mi ADN la fraternidad universal»; «antes de conocer a Chiara yo era cristiana (…), pero no amaba a todos; si alguien se portaba mal conmigo, me costaba perdonarlo totalmente»; «un día comencé a pelar patatas para la comida y mi madre se sorprendió (…) –por esos años el concepto machista de la educación era todavía fuerte–, pero con Chiara estábamos poniendo en práctica una nueva forma de vivir»; «en el colegio pasé de ser la “repipi” de la clase a ser la chispa alegre; desde que conocí las propuestas de Chiara y cómo vivir el Evangelio, decidí que todas mis payasadas iban a ser por Jesús»; «en mi opinión, si algo caracteriza al carisma de la unidad es su capacidad para hacerse “obra” en todos los ámbitos, al servicio de la humanidad». Es una pena no poder reproducir aquí las mini-entrevistas íntegras (pido perdón), pues por sí solas son un buen testimonio de la estela de luz que ha dejado Chiara. Chiara Lubich se sumó a la cadena de grandes hombres y mujeres que a lo largo de la historia del cristianismo han insistido en que todos somos hermanos porque tenemos un mismo Padre, pero además lo hizo con cierto «estilo pedagógico». En 1996, cuando le fue otorgado el doctorado honoris causa en Ciencias Sociales por la universidad polaca de Lublín, una profesora de Pedagogía se interesó en saber «qué formas adopta (el Movimiento de los Focolares) en el ámbito de la pedagogía». Chiara Lubich, que había sido maestra de joven, le responde sin preámbulos: «Lo nuestro es todo pedagogía, es un tratar a las personas, un considerar a las personas». Y añade: «Procuramos tratar a todos como si fuesen Jesús, y ésa es la mejor pedagogía, porque así respetas a las personas, estimas a las personas y también procuras entenderlas. (…) Se trata de “hacerse uno”, en el sentido de hacerse como el otro para entenderlo, y entonces en él se despierta una vida humana bella (…), se realiza».